«Lo cierto es que ningún paseo público en el mundo ofrecía perspectivas, silencios y seducciones panorámicas comparables a las perspectivas, los silencios y las seducciones ofrecidas, como una novedad aún palpitante, en los jardines napoleónicos de Venecia.»
Si hasta el siglo XVIII Venecia era conocida, además de por sus canales y espléndidos palacios, por sus maravillosos jardines cuyo verde se reflejaba en la laguna, a principios del siglo XX esta faceta parecía ya en declive. De hecho, en 1927 Gino Damerini descubre que gran parte de la flora que había enriquecido la ciudad durante siglos estaba desapareciendo a causa de una urbanización cada vez más agresiva.
El periodista empieza así a narrar los espacios descuidados y encantadores que, «como piedras preciosas engastadas en magníficas obras de orfebrería», resisten ocultos tras las intrigas de las calles y los canales. Los jardines públicos y privados -algunos aún accesibles y visitables- se sitúan en el centro de un itinerario apasionante donde botánica, arte, historia y arquitectura se unen para devolver todos sus colores a un lugar que, poco a poco, va perdiendo una parte de sí mismo. Esta es la carta dolorida de un «amante fiel» -tal y como se declara el autor- que, a cien años de su primera publicación, sigue manteniendo su encanto.