«Reconozco que me confié, como me confío cuando me pongo a armar esos muebles enormes que entran en una caja de cartón. Me embarqué en la aventura sin fijarme si contaba con todas las piezas, interpretando a mi antojo las instrucciones y reemplazando los ingredientes que no tenía por los que yo consideraba similares. Esa misma soberbia doméstica, la que a veces me lleva a construir muebles sin encolar, tambaleantes ante el mínimo roce como si fueran rascacielos sacudidos por un terremoto, me llevó a fermentar un vino de la sabiduría incapaz de saber nada».
Antes de que nos digan que acabamos de morir reúne una constelación de textos que atraviesan y desdibujan los géneros: cuentos, relatos breves, ensayos mínimos, páginas de un diario íntimo, poemas que irrumpen como fogonazos. Aunque cada pieza puede leerse de manera autónoma, todas dialogan en un territorio común: la
insistencia sobre ciertos temas y obsesiones que reaparecen bajo distintas máscaras. Las referencias literarias y musicales se entrelazan con reescrituras de episodios históricos que imaginan desenlaces alternativos.
Persiste una voz que observa el mundo con nostalgia, ironía y un filo absurdo: la conciencia de que algo se ha quebrado para siempre, y de que solo la imaginación puede intentar reconstruirlo.